Por una neumonía.

 

Hoy se suponía que sería un día especial en la vida de mi hijo Daniel. Hoy, 29 de junio, es el último día de primaria, para el cual el colegio prepara una hermosa y sentida ceremonia de despedida a los 6tos grados y después se van todos los chicos a disfrutar de su fiesta de fin de primaria.

Soñé tanto con este día. Hace tan solo unos días escribía una entrada en el blog con respecto a la graduación de Daniel. Pensé tanto en lo emocionada que iba a estar, en las fotos que tendría de recuerdo, en ponerme maquillaje a prueba de agua y llevar kleenex (porque conociéndome seguro pasaría llorando toda la ceremonia); tuve lista la ropa que se pondría, zapatos, camisa, tenía listas las palabras para decirle pero jamás, jamás, jamás se me pasó por la mente que podríamos perdernos este día. Pero la vida es así, te dice que no todo es como tú quieres ni crees que será.
Y aquí estamos, con Daniel en el hospital desde ayer por una neumonía. Todos los planes, las ilusiones, lo imaginado, lo esperado, al traste. Y duele, y cuesta aceptar, y frustra porque de todas las semanas del año, esta era la única en la que no debía estar enfermo, esta era la única en la que no podía faltar al colegio. Pero es así como la vida nos recuerda que no tenemos el control de nada y que solo existe el ahora, que en la vida hay que vivir el instante porque no tenemos tenemos ninguna garantía sobre el futuro.
Siento tristeza profunda por ver a mi hijo hospitalizado y por verlo descorazonado por perderse su graduación. Hemos llorado bastante ya y hemos hablado otro poco para encontrar tranquilidad. Pero siento a la vez un agradecimiento profundo por haberlo traído a tiempo al hospital, porque está estable y porque, gracias a Dios, se recuperará completamente.

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Los terribles (y fugaces) dos años.

22 junio 2016

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Esta tarde, cuando mi hijo mayor, quien está por cumplir 12 años, llegó del colegio, lo primero que hizo fue entregarme la invitación para su ceremonia de graduación de primaria. Mi reacción inicial fue sonreír, abrazarlo y felicitarlo, pero pocos minutos después me invadió la nostalgia. Mi primer hijo termina la primaria, no lo puedo creer.

Vinieron a mi mente algunos recuerdos con él, como el día en que me lo pusieron en los brazos por primera vez; bueno a decir verdad, la noche, porque nació a las 11:45 de la noche (casi nace al día siguiente), su desesperación por hablar desde los seis meses, su risa como temblorosa, su picardía y luego su primer día en guardería, su primer día en pre escolar y así. Cinco minutos fueron suficientes para retroceder con mi mente a unos hermosos momentos de estos 12 años junto a Daniel.

En este breve recorrido, me quedé pensando por un buen rato en algunas frases que escuché una y otra vez, durante mi embarazo, de gente cercana y no tan cercana con respecto a la maternidad. Apuesto que a ustedes también tuvieron los amigos que les dieron la pésima noticia de que nunca más volverían a dormir  las necesarias ocho horas. Deben haberles advertido más de una vez que podríamos llegar a perder la cabeza y querer sacudir al guagua por tanto lloro y que POR DIOS no lo hiciéramos (obvio). También deben haberles aterrorizado, con los cólicos, las rabietas, el precio de los pañales, el olor a leche rancia en toda la ropa y con los famosos “terribles dos años”.  Con pena deben haber vaticinado el fin de su vida social y de su vida profesional, y al final cerraban el manifiesto “nosfregamus” con una tierna sonrisa y la frase: “pero todo habrá valido la pena, nada mejor que tener un hijo”. ¿Y saben qué? No les han mentido. Todo es verdad, todo. Solo que omitieron algo importantísimo: esa etapa pasa volando.

Esa etapa, la de no dormir, la de los pañales caros, la de las rabietas y la leche rancia, la de la sensación de que tu vida personal ha desaparecido, todo eso sucede, pero pasa volando… Y de repente, volvemos a dormir toda la noche, así es, algunas logramos dormir profundamente hasta más de ocho horas. Volvemos a tener tiempo personal, ya sea para bañarnos en paz, para ir a la peluquería, para chatear con amigas, para leer; volvemos a viajar en pareja y también volvemos a tener vida profesional; tal vez no la misma, no la que esperábamos, tal vez sí, quizás mejor, pero nuestra vida regresa.

¿Saben lo que no regresa? No regresa el olor a bebé, no regresa la mirada fija de tu hijo mientras le das de lactar, no regresan las primeras palabras, no regresan los largos baños de tina en los que aprovechabas para hacerle masajes, ni los juegos de hacer sonidos de animales, ni las noches en que se quedan dormidos cuando les cuentas por enésima vez la misma historia; eso no regresa y no saben cuánto se extraña.

Entonces, para aquellas personas que estén por entrar a la etapa del recién nacido o que estén en plena época de malas noches, lo único que les puedo decir es que es verdad, se siente que es eterno, que han perdido su vida para siempre, se siente agotamiento extremo, se sienten bipolares, pero es un instante. Antes de que se den cuenta, estarán llorando con los videos de sus hijos y preguntándose, ¿en qué momento pasó el tiempo?

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